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El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo primero) |
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E ran las nueve de la mañana cuando el reloj despertador empezó a darme las noticias de la mañana a gritos, sacándome de un paraíso de chicas en bikini, y vasos llenos de ron de caña hasta el mismo filo. Intenté esconderme debajo de la almohada, pero era inútil; el locutor de la emisora se había tragado durante el desayuno un par de altavoces de mil vatios, y los estaba probando junto a mi oreja: «SOOOOOOON LAS NUEVE DE LA MAÑAAAAANAAAA, UNA HORA MEEEEEENOS EN CANAAAARIAS». Así que salí de mi madriguera de la almohada, me estiré hasta el límite de las articulaciones y me senté en el borde de la cama al compás del crujir de mis tobillos. Me levanté despacio y me saqué los calzoncillos de la raja del culo antes de que me llegaran hasta el duodeno. Si hubiera sabido lo que se me venía encima, me hubiera quedado hibernando hasta el siguiente verano.
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El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo segundo) |
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M ientras me hacía un esquema mental de los pasos que debía seguir a partir de ahora, tomar cafetito, comprar el periódico, acercarme a la academia a ver si necesitaban personal para las clases de verano, lavar el coche… ¿lavar el coche? ¡fuera, fuera!, bajé andando las cinco plantas que me separaban del portal.
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El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo tercero) |
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M ientras el Moro colaba una vez más el aceite de la freidora el Dudu secaba los vasos con un trapo que no me atrevo a describir, por respeto hacia ustedes. El bar era estrecho, casi un pasillo, con un par de mesas bastante maltrechas, seis o siete sillas y una barra de latón. Al fondo, una pequeña puerta era incapaz de detener el olor a orines de la era precolombina que salía del lavabo. El único lujo que se había permitido el Dudu era la máquina tragaperras que, desde la puerta, llamaba a gritos a los jugadores, como un camello de monedas de cincuenta céntimos.
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El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo cuarto) |
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V icente no era especialmente listo, ni avispado, ni estudioso, sino más bien todo lo contrario; el día que sacó un suficiente en Matemáticas daba tales saltos por la calle que su madre, que lo veía venir desde la puerta de la casa, creyó que le habían vuelto a abrir la cabeza de una pedrada. Eso sí, era la mar de habilidoso con las manos; a pesar de que en su casa la comida era un lujo, Vicente siempre llevaba el estuche lleno de lápices, gomas, sacapuntas y toda clase de herramientas escolares. Parecía que tenía un imán en las manos; todo lo que se caía al suelo o se quedaba en la mesa, huérfano de la mirada de su dueño, aparecía en su maleta. Desde entonces, los compañeros de clase empezaron a llamarle El Dedos, y no les faltaba razón.
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El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo quinto) |
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C rucé la calle y llegué hasta mi coche, un Panda con la mejor colección de abolladuras y moho de todo el barrio. La palabra antiguo no era la que mejor lo definía; cuando llegó a mis manos ya había pasado por varios centenares de pares de ellas. Tras girar la llave de contacto un par de docenas de veces el coche tosió como un asmático y, dejando detrás de sí una nube casi tan tóxica como la de Chernóbil, arrancó. Así salimos mi coche y yo en busca de la Academia La Milagrosa, donde solía trabajar algunos veranos, y ya a las alturas del mes de mayo en la que estábamos, empezaban a necesitar gente para echar los meses de junio, julio y agosto. Inocente de mí, encendí la radio.
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