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Vicente, el dedos Vicente es mi amigo del alma, casi mi hermano. Somos inseparables, aunque nuestros caminos hayan cogido derroteros bastante... dispares.
Lo conozco desde el primer día de colegio. Asustados como conejos, nos escondíamos en nuestros pupitres tras la libreta de dos rayas y el montón de lápices de colores. Me giré y le pregunté a qué hora era el recreo —fíjate tú las ganas de clases que tenía— y desde entonces somos inseparables, a pesar de cada uno escogió un camino distinto en sus vidas. Tiene los dedos largos y hábiles, como serpientes de cascabel, y con una dulzura de movimientos que le permite quedarse con la cartera de cualquier viandante desprevenido que tenga la mala suerte de cruzarse en su camino. Siempre anda despistando a los policías locales, que ya lo tienen calado. A mí me da miedo que cualquier día termine con sus huesos en la cárcel, que lo busque en el Dos Tercios y no lo encuentre o que le den una paliza y me lo dejen maltrecho; es un pillo, un ladrón, pero no puedo evitar quererle como si fuera sangre de mi sangre. Y aunque parezca que siempre ando cuidándolo y vigilándole, la verdad es que quien más cuida al otro es él a mí, siempre aguantando mis tonterías, mis comeduras de cabeza y mis berrinches. Nieves 
Mi vecina Nieves es la hermana de Ángel, mi pequeño adolescente cargado de neuronas. No es de esas chicas portada de la revista Man pero podría serlo si dejara de lado esa imagen de niña formalita y trabajadora. Es ese arquetipo de secretaria, enfundada en su traje sastre, dejando adivinar unas curvas de ensueño pero sin ser provocativa. Es una morena clásica del sur, de mirada clara y sincera, con un atisbo de picardía y una caída de ojos que te deja sin respiración. Y para colmo, sabe usar sus armas —digo que si sabe—... A pesar de su imagen de chica buena que nunca rompió un plato me enseñó que no debo fiarme de las apariencias, y que si le dejas y le das la oportunidad, en lugar de romper un plato destroza una docena de vajillas en un plis plas. Amparo 
Ay Dios, la perdición de los hombres... Amparito es de esas niñas por las que tienes que volver la cabeza en la calle, sí o sí; tremenda, sexy y voluptuosa, sabe lo que provoca sin hacer nada, sabe cual es su poder y el efecto que causa en el ganado masculino. Es una morenaza de pelo largo, de ojos grandes y verdes, como dos piedras de un río, mojadas y brillantes. Sus labios son rojos y sensuales, y con sólo mirarla le entran a uno ganas de conocer su sabor. Siempre viste de manera que resalten sus encantos y sean evidentes, muy evidentes; cuando no es por la minifalda es por sus vaqueros ceñidos, y en las ocasiones que no lleva un tremendo escote es porque se le han olvidado abrocharse alguno de los botones de su camisa. Ésta es una de las cosas por las que merece la pena dedicarse al abnegado y sacrificado oficio de la enseñanza. Sí, señor. El Dudu y el Moro 
Son los propietarios del Dos Tercios del Quinto, el más afamado, oscuro, maloliente y peor encarado bar del barrio y alrededores. Los dos fueron legionarios en su juventud, hasta que cierto percance con sus mandos les obligó a salir por piernas de Marruecos, dejando una estela de arena y de olor a chocolate, pero no del praliné. Regentan el bar en el que suelo tomarme mis cafelitos, y los días en que tengo más flojera que de costumbre, incluso almuerzo. El ambiente es pintoresco; por su barra pasa la flor y nata del barrio pero, a pesar de eso, me siento bien allí porque me tratan como a un señor y me ríen las gracias. Creo que soy el único parroquiano al que hablan de usted. Eso sí, el ser parte de la selecta clientela del Dos Tercios no es algo que favorezca mi imagen dentro del barrio... ¿Y a quién demonios le importa eso? Ángel Es mi vecino, hermano de Nieves; le doy clases particulares de todo lo que tenga que ver con números, aunque el verano que nos trata las clases tomaron otros derroteros... No es que le diera clase por torpe, porque de torpe ni un pelo; lo que pasa es lo que a todos los adolescentes: que son flojos hasta la avaricia. Básicamente, necesita a alguien que le arree y le dé dos collejas cuando se entretiene, y poco más. Delgadito y con la cara marcada de granos, tiene un tremendo complejo de inferioridad porque se ve feo, desgarbado... Vamos, como nos vemos todos cuando tenemos su edad. Espero echar una mano para quitarle todas esas tonterías de encima y que espabile de una vez.
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